sábado, 2 de abril de 2016

Vente a Castilla, Joseph!

Los extranjeros en la Doña Mencía de la Edad Moderna: los Barba y los Sequeira.

En la España de 2016, el exilio económico al que se ve abocado un importante sector de la juventud constituye uno de los mayores dramas de nuestro país. Jóvenes con una gran preparación no encuentran en nuestra tierra otra salida que la de coger las maletas y marcharse a probar suerte a otros lugares, separándose de familia y amigos. Pero esta generación cuenta con una posibilidad con la que no contaban generaciones pasadas, la posibilidad de regreso.

Hasta la invención del ferrocarril y el desarrollo del tejido ferroviario, los viajes a tierras muy remotas suponían, en la gran mayoría de los casos, dejar la vida que se tenía en el lugar de partida para siempre. Para comprender esto hay que tener en cuenta que en la sociedad de la Edad Moderna, tu ciudad o tu pueblo era tu universo. En él nacías, en él hacías tu vida, formabas tu familia, trabajabas y, posiblemente, en él acababas siendo enterrado. Era una sociedad aislada, pequeña y autosuficiente. Salir de este mundo, de tu mundo, siempre constituía un riesgo, ya que en la Castilla miserable del Siglo de Oro, viajar era una aventura a la que no todo el mundo estaba dispuesta a apuntarse.

A través de los relatos que nos dejaron los viajeros extranjeros que recorrieron Castilla durante esta época, podemos ver que el que viajaba (solo o acompañado) se enfrentaba a la posibilidad de acabar abrasado en verano por la falta de árboles o a perder la ruta en invierno por la nieve, las inundaciones o la falta de alimento, a lo que tenemos que sumar la gran cantidad de salteadores que rondaban los caminos debido la miseria y las guerras que el Imperio Hispánico mantuvo durante estos siglos (y que fomentaba la inestabilidad en las comunicaciones por la presencia de vagabundos, desertores...).

En este artículo, voy a hablar de personas que en un determinado momento de la historia dejaron la vida que tenían en otra nación y acabaron estableciéndose en nuestra localidad. Y aunque podría poner muchos ejemplos de extranjeros que han dejado su huella en la documentación histórica de nuestro pueblo, he decidido centrarme en dos personas que vivieron en un momento cercano en Doña Mencía: Juan Barba y Felipe Sequeira.

El motivo por el que he hecho girar este artículo en torno a ellos es (además de porque sobre ellos he investigado más que al resto) porque los hijos de estos serán los primeros mencianos con dichos apellidos (los cuales siguen existiendo en Doña Mencía), o en otras palabras, el pariente común de muchos de los Barba y de todos los Sequeira de nuestro pueblo, son estos dos personajes.

Juan Barba, de nación franzés

Juan Barba llegó a nuestro pueblo en algún momento de finales del siglo XVII (1680-90) procedente de Castillon-en-Couserans, un pueblo francés enclavado en la zona central de los Pirineos y a pocos kilómetros de la frontera con nuestro país. En Doña Mencía lo encontramos por primera vez gracias a su partida de casamiento en 1691 con María Navas. Sus padres eran Fernando Barba y Antonia del Rio, aunque muy posiblemente no se apellidaran así ya que a los emigrantes franceses se les solía traducir su apellido o se “castellanizaba” en el lugar de destino. Este cambio de apellido hizo prácticamente imposible continuar la búsqueda de este linaje en territorio francés, pero curiosamente es gracias a esta localización tan determinada de procedencia de nuestro Barba la que nos permite, al menos, poder hablar de la migración francesa en este momento de la historia y saber un poco mas sobre las motivaciones que pudo tener para emprender tan largo viaje.

La España del Seiscientos ofrecía unas expectativas de trabajo excepcionales, tanto de abundancia de este como de altos salarios existentes. La causa de esto podemos decir que es una mezcla entre la actitud de desprecio de los españoles de la época hacia el trabajo en general (preocupados mas por ennoblecerse para no pagar impuestos que por prosperar económicamente) y la abundancia de oro y plata americano que hizo subir los precios y los salarios muy por encima de lo que había en el resto de Europa.

A estos factores del lugar de destino debemos sumar la difícil situación que existía en el lugar de procedencia de estos migrantes. El viajero francés Bartolomé Joly nos lo cuenta de la siguiente forma:

“La ocasión principal, en mi opinión, por la que hay tantos franceses en España, es porque no pudiendo esta multitud de hombres, como enjambres de abejas, poder contenerse todos en su lugar natural, y menos ser en él empleados útilmente, es inmediato el cambio que hacen de su fortuna, porque de pobres y mal ordenados como llegaron, de pronto se ven puestos en valor y se establecen con comodidad, hallando fácilmente maestros con los que ganan mucho y son bien pagados, porque en España las manufacturas son caras. Los que no saben oficio, de la noche a la mañana se ven tomados por pajes y vestidos con libreas: esos señores se alegran mucho de tal vanidad; los que son del oficio de los campos, todavía son mejor recibidos, a causa de la pereza de los naturales, y se casan si pueden con las viudas de sus amos y se quedan allí porque no se pagan contribuciones como en Francia donde el campesino se ve muy rudamente tratado...”
La zona de la que viene Juan Barba padecía (como todos los Pirineos) una tremenda escasez de recursos debido a la escasez de tierra cultivable y la baja productividad de ésta. Esto provocaba una necesidad de buscarse la vida (de forma temporal o o permanente) en tierras del país vecino, cuya frontera además estaba cercana y el idioma era más conocido que para los franceses de otras zonas del país.

Hasta este momento, no he encontrado ninguna pista que nos hable de la situación de Juan Barba en Doña Mencía. Solamente sabemos que tras casarse se instaló en la calle de la Vuelta del Sacramento (actual c/Juan Ramón Jiménez) y que pagaba solamente un real del servicio real, por lo que podemos ver que era de condición bastante humilde.

No sabemos si pudo correr la misma suerte que sus compatriotas egabrenses, los cuales eran represaliados cada vez que nuestra Monarquía entraba en guerra con Francia. Y es que, aunque a Carlos II le llamaran “el Hechizado” (forma diplomática de decirle “encarajotado”), sus validos se encargaban de mantener el cada vez mas pobre orgullo bélico del Imperio, enfrentándose al histórico enemigo francés (precisamente en 1694 Francia invadió Cataluña llegando a sitiar Barcelona), y por extensión, la xenofobia de las autoridades contra los franceses afincados en España.

Si podemos decir, en cambio, que este francés acabó asentándose e integrándose en la sociedad menciana, ya que en el Catastro de Ensenada de 1751 nos encontramos a uno de sus hijos llamado Fernando Jacinto Barba, el cual es labrador por su mano (propietario) y panadero, y posee varias tierras en el Tocón y en el Henazar, además de una casa alquilada en la calle Barranco.

Felipe de Sequera, natural del reino de Portugal

Detalle de la escritura de arras de Felipe de Sequera
Muy distinta era la situación del otro extranjero que se analiza en este artículo. Felipe de Sequera se estableció en Doña Mencía  alrededor de 1660 proveniente de Lucena, lugar en el que se había casado con Juana Díaz en 1646. Por su escritura de arras, sabemos que es "hijo legítimo de Francisco Alonso y de María Sequeira su mujer, difuntos, natural de que es del lugar de Seia, obispado de Coimbra, en el reino de Portugal".

La situación del Imperio portugués era muy diferente a la de nuestros vecinos del norte. Aquí, desde 1580 hasta 1640, Portugal estaba bajo la misma corona que los demás reinos de la Península Ibérica, la Monarquía Hispánica. Esto  permitió a los portugueses ampliar el lucrativo comercio con las Indias, aunque por otro lado se vieron arrastrados a los conflictos bélicos que los Austrias mantenían con media Europa.


Esta unión favorecería el flujo migratorio de portugueses hacia Castilla y Aragón, hasta llegar a alarmar seriamente a las autoridades españolas al entrar el siglo XVII, sobre todo al Santo Oficio de la Inquisición. Pero, ¿Por qué a la Inquisición?.

Desde finales del siglo XIV, la persecución contra los judíos en Castilla había ido en aumento hasta llegar el punto de ser expulsados por los Reyes Católicos en 1492. Muchos de estos judíos acabaron refugiándose en el país vecino (es curioso ver como el problema de los refugiados no es nuevo, y más aún ver quienes eran los “malos” en ese momento), en donde encontraron uno relativa calma hasta que en 1497 Portugal también decretó el fin de su presencia, y la obligación de convertirse. Aun así, el clima en el país luso continuó siendo mas calmado que en el nuestro, lo que hizo que a diferencia de lo sucedido en el resto de reinos de la península, en Portugal los judíos gozasen de una relativa tranquilidad a la hora de mantener sus ritos.

Cuando Castilla y Portugal quedaron unidos por la Monarquía Hispánica, tanto “cristianos nuevos” como “cristianos viejos” portugueses, fueron atraídos por las oportunidades de comercio que ofrecía esta tierra. La Inquisición ante esto aumentó su actividad para acabar con la presencia judeoconversa en Castilla.

¿Quiere decir esto que Felipe de Sequeira era “cristiano nuevo”?, aún hay muy pocas pruebas para afirmar esto. Además, si ya en ese momento era difícil conocer quien lo era o no lo era, mucho mas lo es en la actualidad. Aun así, en su testamento deja algunas “mandas” que nos hacen preguntarnos si no estaba intentando “demostrar” que era cristiano viejo por aquello del "qué dirán". Por ejemplo, manda que se recen por su alma 1000 misas repartidas entre cuatro conventos (de Doña Mencía, Luque, Alcaudete y Córdoba), algo un tanto exagerado en la época. También deja una renta a dos de sus hijos (Felipe y Luis) para que tomen los hábitos de religiosos. Pero como ya he dicho, aún queda investigar más sobre este tema para poder confirmar o desechar la hipótesis.

Lo que si sabemos es que Felipe de Sequeira sufrió represalias por su condición de portugués en un momento en el que este reino entró en guerra con la Monarquía Hispánica para independizarse de la misma. Esa represión quedó reflejada en una contribución que se obligó pagar a todos los portugueses residentes en Castilla para mantener un Tercio levantado en Extremadura para luchar en Portugal.

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